PARA LOS NIÑOS, EL AMOR Y LA SEXUALIDAD SON UNA SOLA COSA


Evânia Reichert


Así es como el amor nace en los bebés: a través del contacto corporal agradable y nutritivo con las personas que se preocupan por ellos. Es por esta vía –el contacto entre los cuerpos– que llega la profunda unión de los bebés con sus madres, sus padres y cuidadores.


Al inicio de la vida, las palabras se convierten en importantes sólo si se asocian con la calidez emocional del contacto piel con piel. El amor, cuando sólo se manifiesta con palabras, no representa nada para los más pequeños. El único lenguaje que entienden en sus primeros meses de vida es el cuerpo.



Los bebés nacen expertos en la traducción de la expresión de los cuerpos que les tocan, y son capaces de capturar las sensaciones y sentimientos de calma, ansiedad, dulzura o frialdad. Cada vez que sienten placer en contacto físico con otra persona, aman y se vinculan. Ésta es la forma en que se inicia el largo camino de la sexualidad humana, que no es otra cosa que nuestra calidad de poder fundirnos con otro organismo vivo para el placer, el amor, la salud y la relajación profunda. Para los infantes, el amor y la sexualidad son una sola cosa. Ellos todavía conservan esta unidad, que por lo general se pierde en la edad adulta. Sus corazones y cuerpos sienten, laten y se relajan, sin división ni conflicto.


Los bebés son tan fascinantes que activan en nosotros, los adultos, las ganas de abrazarlos, olerlos y besarlos, acariciándoles la piel suave y sus cuerpos llenos de pliegues y michelines. Nuestro deseo adulto es llenarlos de besos, abrazos y cariño sin fin. Les damos nuestro amor y recibimos a cambio una nutrición vital impresionante, y esto nos lleva a amar cada vez más a nuestros hijos. Para ellos, desde el nacimiento, el contacto con el cuerpo caliente y amoroso de la madre y después con el cuerpo del padre está rodeado de placer, relajación y juego, en intensa comunicación. Cuanto más tranquilo, cariñoso y natural sea este contacto corporal, más profundo será el vínculo y más saludable el desarrollo de la sexualidad durante toda la infancia, la adolescencia y la edad adulta.


DESDE EL NACIMIENTO


La sexualidad humana comienza en el nacimiento y en cada edad expresa una calidad distinta de contacto y vinculación. Cuando el infante llega a los tres o cuatro años, entra en la fase genital infantil y en el proceso de identificación sexual. La sexualidad polimorfa de las criaturas (que también vibra por todo el cuerpo, sin distinción de ninguna parte) ahora activa también sensaciones más intensas en los genitales. Si en la fase oral –el primer año de vida– los bebés sienten el placer de succionar el pecho de la madre y descubrir el mundo a través de la boca, en la etapa genital comienzan a explorar otras áreas del cuerpo, desde un contacto más frecuente de los genitales hasta la expansión de los movimientos corporales que permiten una mayor expresividad, intensidad y placer.


En esta etapa se vuelve muy importante para las criaturas ser vistos como un infante-mujer o un infante-hombre. Antes, el sexo biológico no importaba. La dinámica central en esta fase es la identificación sexual. Ahora miran admirados a los padres, hermanos mayores, primos, tíos o amigos del mismo sexo e intentan imitarlos. ¡Quieren ser como ellos! También viene una fuerte curiosidad anatómica sobre la diferencia entre los órganos masculinos y femeninos, así como una fascinación con la comprensión de cómo surge la vida en las personas, los animales y las plantas. Quieren saber cómo fueron concebidos y cómo fue su nacimiento. Les fascinan las mujeres embarazadas y el vientre de los animales gestantes. Todo esto es sexualidad infantil.


Wilhelm Reich, el padre de la psicoterapia corporal, llamaba a esta etapa la primera pubertad, así de grande es la potencia disponible y la ebullición creativa. El desarrollo psicomotor lleva al niño a apropiarse del cuerpo de manera amplia, activando otras áreas musculares a través de movimientos intensos. Desde los tres o cuatro años, el niño busca una mayor socialización, jugando e interactuando con sus padres y amiguitos. Es un período de gran creatividad y expresividad, en el que la imaginación de un niño se intensifica a través del juego simbólico, de imaginarse como un superhéroe, de ponerse en el papel de padre o madre, o también de jugar a médicos, etc. y así tocar el cuerpo del otro y ser tocado. Todo esto es la sexualidad infantil: el cuerpo, la alegría, el placer, la expresión y el contacto, mezclado con un amor lleno de inocencia, encanto y sensibilidad.


A lo largo de la primera infancia, el niño busca el contacto físico y emocional intenso con sus padres, abrazarlos y besarlos, con ganas de proximidad. No quiere más que amor, relajación, seguridad y juego. Cuando llega la fase de identificación sexual, en ciertos períodos busca un mayor contacto con el progenitor del mismo sexo para encontrar su reflejo como hombre o mujer. Posteriormente, desea estar junto al progenitor del sexo opuesto, verdaderamente hechizado por la relación hombre-mujer. Cuando los padres entienden y acogen la belleza de este momento –y se mantienen claramente en el papel de padres– los niños avanzan en su desarrollo de forma plena y saludable. Pero... no siempre es así.




RELACIONES CONFUSAS Y DAÑO EDUCATIVO


La sexualidad, incluso hoy, es un tema lleno de contradicciones. No por la sexualidad en sí misma, sino por la neurosis que se manifiesta a través de ella. Cuando se trata de la sexualidad infantil, los problemas crecen aún más. Existe una gran confusión, incluso sobre lo que es la sexualidad en los niños, pero sobre todo en cómo la familia y la escuela debe proceder ante sus manifestaciones. Los problemas morales y sexuales de los adultos a menudo modulan su manera de actuar sobre lo natural e inocente de un niño, lo que afecta al desarrollo sano de la unidad amor-sexualidad.


Cuando los niños y niñas llegan a la edad sensible de la sexualidad infantil, que va de los tres a los seis años, muchos padres temen erotizar la relación con sus hijos y abruptamente cortan cualquier contacto corporal; otros estimulan el erotismo infantil, dando lugar a abusos sutiles o graves. También hay quien penaliza a los niños que se masturban o que quieren besar a sus amigos de la misma edad. Muchas madres alejan a las hijas de sus padres por principios morales. También hay casos de progenitores que transforman a sus hijos e hijas en compañeros sustitutos de su vida afectiva frustrada, creando así vínculos de dependencia. Todas estas formas de tratar el amor-sexualidad de las criaturas afectan al desarrollo saludable y a la formación de la identidad sexual de los infantes de esta edad.


Es doloroso y demasiado complejo para un niño pequeño gestionar lo que no puede entender. Esto es lo que ocurre cuando los adultos se alejan bruscamente, a fin de evitar el contacto corporal que antes sí tenían. Los infantes experimentan esta distancia como un rechazo. Y frente al dolor, reaccionan; muchas veces con agresión y quejas, otras buscando con insistencia el contacto y con una fuerte ansiedad, y otras con la reclusión y la retirada. Hay casos de padres que llaman a sus hijas la «novia de papá» o de madres que ponen a sus hijos en el papel del«hombrecito de la madre». Insertar al niño en un lugar diferente al que merece provoca una gran confusión de roles, que sin duda afectará a la construcción interna de sus modelos de amor. Los hijos e hijas son hijos e hijas y no novios ni compañeros sustitutos de los progenitores necesitados. Y los padres y madres son padres y madres y no personas que deben ser sostenidas emocionalmente por sus hijos.


El apego excesivo a uno de los progenitores, común en esta etapa, no está relacionado sólo con la dinámica del complejo de Edipo (concepto freudiano) en el que el infante lucharía por el amor materno o paterno, buscando más proximidad con el progenitor del sexo opuesto y rivalizando con el del mismo sexo, entre los tres y seis años de edad. De hecho, más allá del Edipo, hay mucho más que considerar. El apego excesivo a los padres a menudo proviene de carencias acumuladas en los tres primeros años de vida. Carencias que acaban siendo reforzadas frente al distanciamiento afectivo de uno de los padres, que el niño siente como un nuevo rechazo.


Esto es aún más complicado cuando la criatura manifiesta comportamientos que difieren de lo que tradicionalmente se considera un modelo estándar de masculino y femenino. Éste es el caso de muchos niños sensibles que son vistos como que «tienen comportamientos de niña», lo que desencadena el miedo a la homosexualidad en ciertos progenitores. Estos niños están traumatizados por el rechazo –incluso antes de cualquier cuestión de género– porque sienten que no son aceptados y no entienden por qué. A esta edad, no tienen por qué comprender que es su delicadeza, su manera sensible, la que ha desatado la perturbación de la identidad sexual de sus padres, que se proyecta sobre ellos.


Otro punto delicado son los vínculos fusionales solidarios de los niños con sus padres depresivos, víctimas y sufridores. O, en casos más graves, cuando los más pequeños son manipulados por madres o padres vengativos, que ejercen comportamientos de enajenación parental para castigar al otro progenitor. En estos casos, el proceso de identificación sexual del niño puede estar fuertemente afectado por la degradación de la figura (hombre o mujer) de uno de los padres, y se crea un campo de desconfianza para sus futuras relaciones afectivas. El niño, a partir de los cuatro o cinco años, ya identifica perfectamente las contradicciones de la familia, los conflictos entre los padres y la sumisión materna o paterna, y todo ello va constituyendo su proceso de identificación positiva o negativa con el masculino y el femenino. A esa edad, también experimentan con el ejercicio del poder en casa y les gusta dar su opinión sobre todas las cosas. A menudo toman partido en defensa de uno de los padres cuando hay peleas entre la pareja. Y esto no siempre está relacionado con el conflicto edípico, sino con un sentido de la justicia que ya está fuertemente desarrollado en los pequeños.


MUCHO MÁS ALLÁ DE LOS GENITALES


A pesar de los cambios culturales y de una aparente libertad sexual mayor en las últimas décadas, hay muchas familias que todavía no saben qué hacer cuando la sexualidad infantil activa también los genitales de los niños. Empieza una mayor exploración de las sensaciones genitales y los niños buscan ser apreciados a partir de su identidad masculina o femenina. Siempre que falta naturalidad en la familia para apoyar el nacimiento de la sexualidad y la estructuración de la identidad sexual de sus hijos, esto es doloroso para los más pequeños. Generalmente esta experiencia negativa acaba por dificultar las relaciones afectivosexuales, cuando llega la adolescencia y la juventud, e incluso en la edad adulta. Dentro de nuestra visión, fuertemente inspirada por Wilhelm Reich, la etapa genital infantil comienza en torno a la edad de tres años y continúa hasta la pubertad, con la función de hacer madurar psicológicamente el género, la afectividad, el vínculo, el cuerpo y sus sensaciones de placer y displacer. Es un ciclo de diez a doce años para el desarrollo básico de la identidad asociada a la maduración de las funciones y habilidades corporales y en la estructuración psicológica del género y la sexualidad. Un proceso intenso que tiene lugar hasta que llega la adolescencia, que es cuando la madurez fisiológica desencadena el inicio de la vida sexual, de hecho. Cualquier interferencia negativa en este tiempo sagrado de la infancia –ya sea por la represión de la sexualidad o cualquier nivel de abuso– afecta a la formación del carácter y las elecciones de la adolescencia.


Es un derecho del infante poder descubrir el propio cuerpo, sin culpa, miedo, represión o abusos. También es un derecho de los niños y niñas aprender a distinguir lo íntimo y privado de lo social o público. Por supuesto, la intimidad es algo privado; y la sexualidad es esencialmente íntima. Corresponde a la misión de la familia consciente dar apoyo para que el niño pueda explorar sus sensaciones corporales en un ambiente respetuoso y seguro, mientras que aprende a discernir entre lo íntimo y privado, y lo social y público.






DESEO DE SABER


Durante los años de madurez psicológica de la sexualidad infantil, hay mucho más que considerar que la excitación genital, la probable masturbación y la dinámica de identificación sexual del niño o niña con sus padres o sustitutos. Junto con la pulsión sexual, por ejemplo, también nace la pulsión epistemofílica, es decir, el impulso de conocer y aprender. En los niños, esta pulsión se manifiesta como una intensa curiosidad y puede ser bloqueada, junto con la pulsión sexual reprimida. Es un daño educativo de gran repercusión posterior. Ya en la pubertad y en la adolescencia aparecerán síntomas de bloqueo: reducción acentuada del placer de estudiar y aprender, y falta de deseo de descubrir, aprender e investigar.


Quien siente un gran placer en la lectura y el estudio, sabe cuánto hay de erotismo en las pulsiones epistemofílicas liberadas. La persona naturalmente experimenta un intenso placer al conocer y aprender; incluso siente placer al oler y acariciar las cubiertas de los libros. Existe una intensa excitación a asociar conocimientos, vislumbrar saberes y producir intelectualmente. En los infantes esto también ocurre. Se entusiasman cuando se satisface su curiosidad, dando lugar a nuevos descubrimientos. Acontece un verdadero hechizo con el mundo y sus posibilidades. Los más pequeños tienen tantas pulsiones epistemofílicas disponibles, que no paran de preguntar, experimentar y explorar apasionadamente el universo que les rodea.


La unidad amor-sexualidad es la pulsión humana más profunda, llena de vitalidad, emociones, sueños y deseos de expansión. Cuando un infante sufre una división precoz de esta díada pulsional, por la represión o el abuso, acaba separando corazón y sexualidad, el cuerpo y las emociones, la pulsión sexual y la pulsión epistemofílica, que al inicio de la vida latían de forma armónica. Cuando esto ocurre, el niño se contrae y se encoge; la inocencia está contaminada y la vitalidad desvía sus energías hacia la agresividad o se desvanece en forma de pasividad. La sexualidad infantil significa potencia vital. Es la puerta de entrada a un mundo sano, creativo, vivo, de infinitas posibilidades y riquezas. Depende de nosotros, los adultos, asegurar que nuestros hijos, hijas y alumnos puedan atravesar esta puerta con claridad, cariño, respeto y alegría. El amor, el placer, la fe, la fertilidad y la abundancia esperan al otro lado.


EVANIA REICHERT es terapeuta, docente, investigadora sobre desarrollo infantil y coordinadora de Vale do Ser, alsur de Brasil. Es autora de Infancia, la edad sagrada (editado en portugués por Vale do Ser y en español por La Llave), SAT na Educação (editado por Eneasat) y coautora de Cartas por la Paz y O amor à arma e a química ao próximo (RCA).



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